¿Cuál es el plan para enfrentar los riesgos en EU?

21-05-2016 13:18

La posible victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses que se celebrarán en noviembre próximo, fue clasificada como la sexta mayor amenaza a la estabilidad global por The Economist Intelligence Unit en marzo pasado. Al mismo nivel que la amenaza del terrorismo yihadista.

Para muchos Trump es una pesadilla, como lo es también un partido republicano histérico y radical, como lo adjetivó el cineasta y periodista español David Trueba en un artículo reciente en El País.

Y es que, más allá de sus alharacas y declaraciones histriónicas, sus insistentes cuestionamientos sobre los beneficios del libre comercio para los estadounidenses no parecen ser solo un asunto de estrategia mercadotécnica de campaña electoral.

La cuestión de fondo para los inversionistas es que nada es normal con Trump. Pero tampoco nada es normal en esta campaña electoral con precandidatos como los demócratas Bernie Sanders y Hillary Clinton.

Sanders se han pronunciado en contra de los tratados comerciales que ha impulsado Estados Unidos; y Clinton, aunque representa la continuidad de Obama, tampoco ha dado muestras de un convencimiento pleno sobre estos acuerdos.

Estamos frente a una campaña electoral con potenciales candidatos ubicados en los extremos, con propuestas opuestas y con dos personajes –Sanders y Trump- que, de llegar a la Casa Blanca, implementarían cambios radicales en las políticas actuales; una situación turbia por la densa incertidumbre que está generando para inversionistas y empresarios.

En muy pocas ocasiones los inversionistas de Wall Street habían estado tan preocupados por una campaña electoral, como está ocurriendo en 2016 y no es para menos.

Los riesgos por la incertidumbre creada durante las campañas electorales han crecido como la espuma en un contexto de una economía altamente endeudada, con brechas amplificadas entre ricos y pobres, con un clima anti-establishment que ha ganado millones de adeptos en los últimos años y particularmente a partir de la crisis de 2007-08, y con una creciente fragilidad en la estabilidad de la economía mundial.

Para decirlo metafóricamente: 2016 y 2017 son años llenos de peligrosos baches comenzando por el vecino gigante del norte.

Una situación así tendrá –sin duda- efectos sobre México.

En primer lugar la relación bilateral enfrentará potencialmente consecuencias derivadas de una campaña electoral anormal y de un nuevo inquilino en la Casa Blanca que incluso podría convertirse en una amenaza. Pero también la inversión y la amplísima relación comercial bilateral sufrirían estos efectos.

Las preguntas saltan de inmediato. 

¿Ha identificado el gobierno de Enrique Peña con precisión estos efectos? ¿Ha diseñado estrategias políticas, diplomáticas, económicas y empresariales para contrarrestar los potenciales efectos negativos? 

¿Cuáles son las rutas activas para enfrentar escenarios como los que ya se están configurando para el futuro inmediato, antes que concluya este sexenio? ¿Existe un trabajo conjunto por lo menos entre la Secretaría de Relaciones Exteriores, Hacienda, Economía y Gobernación en este sentido? 

¿Se tiene diseñado un nuevo plan de ajuste en la política fiscal para enfrentar un escenario altamente incierto que potencialmente inhibe las inversiones globales y eleva el riesgo para economías como la mexicana? 

¿Acaso la única respuesta del gobierno mexicano es apostar (sí, apostar) a mejores resultados en el precio del petróleo para lo que resta del año y con ello salir temporalmente de su bache fiscal, más con una mirada electoral que económica de largo plazo?

En fin. ¿Dónde está la respuesta del presidente Peña Nieto a una situación de crecientes riesgos como éstos?

Los próximos seis meses de una campaña electoral llena de incertidumbres en Estados Unidos y con fuertes volatilidades financieras en el mundo, pueden ser peligrosos para unas finanzas públicas mexicanas cuya solidez y credibilidad han sido cuestionadas.

Pero me temo que, por sobre estas preocupaciones, se impondrá la lucha política intestina en el PRI. Una lucha entre quienes piensan que las turbulencias globales no les serán un impedimento para ganar la candidatura en 2018 y, claro, la Presidencia de la República. Allí están las verdaderas preocupaciones de los políticos en el poder.

 

EL FIN DE UN SÍMBOLO

ICA se desmorona, como lo apuntamos en su momento. Justificantes hay muchos, lo cierto es que el corporativo simbólico de la construcción de la infraestructura en México por décadas, está llegando a su fin.  Los errores cuestan muy caros, tanto como que el corporativo se les ha escurrido por entre los dedos y álguien recogerá los lucrativos pedazos que queden.