¿Conviene a Pemex vender Repsol?

07-05-2014 08:08

La información publicada el lunes pasado por El Confidencial sobre la desinversión de Pemex en la petrolera española Repsol, ha traído a la arena pública un tema espinoso para el gobierno mexicano.

El diario digital español afirma que la operación financiera para vender 9.3% de las acciones de Repsol que posee Pemex está en marcha y está calculada en unos dos mil 400 millones de euros o tres mil 300 millones de dólares a la paridad actual.

Pero, más allá de la decisión de venta, el medio español subraya que la petrolera que dirige Emilio Lozoya habría tomado esta decisión movida por su pésima relación con Antonio Brufau, el presidente de Repsol, en una reacción de hartazgo (“ya basta”) ante su reiterado fracaso para incidir en la toma decisiones de la petrolera española. Sólo hay que recordar el sonoro enfrentamiento que tuvieron el ex director Juan José Suárez Coppel y Brufau en 2011 a raíz de las nuevas inversiones de Pemex en Repsol que provocó no sólo la intervención directa del gobierno español en el asunto, sino incluso “la indignación” de un sector del empresariado ibérico que se manifestó contrariado en un editorial de El País, el principal diario español, ante la sola posibilidad de que una empresa estatal mexicana asuma el control de Repsol.

Así que no estamos frente a un asunto sólo de negocios, sino que va más allá. La inversión de Pemex en Repsol, que nació en 1979 con López Portillo, se mantuvo dos décadas sin decir pío y creció a más de 9%, siempre bajo el manto de una relación entre gobiernos y a pesar de las transformaciones del mercado y los cambios gerenciales naturales en ambas empresas. Así que existe un componente político intrínseco en la relación de sociedad que Brufau y Lozoya saben bien.

Ciertamente, en los últimos cuatro años la relación entre ambas empresas se ha deteriorado por una gestión arbitraria del presidente de Repsol, a la que se sumó la torpeza de los gestores mexicanos. Sin embargo, la presencia de Pemex en Repsol sobrevivió, más allá de las animadversiones personales, precisamente por este componente político que permea la relación y que recientemente destacó Roberta Lajous, la embajadora mexicana en Madrid.

Y es que una potencial desinversión total de Pemex en Repsol llegaría en el peor momento para ambas empresas, con todo y sus desavenencias en materia de gestión en los últimos años.

Antonio Brufau y Repsol enfrentan un enorme reto en un momento crítico de su gestión operativa y los inversionistas están atentos a lo que haga. El negocio de la refinación está seriamente afectado por la atonía de la economía española y los mercados internacionales tienen fuertes excedentes. Así que deberá concentrar sus éxitos inmediatos en la exploración y producción en proyectos que no revistan riesgos y costos muy elevados. Allí se jugará su futuro y el de su presidente.

Así que la apertura mexicana a la exploración y producción privada -con bajos riesgos geopolíticos- le ofrece a Repsol una oportunidad para sumar barriles, de la mano de Pemex, que no puede desaprovechar en momentos en que el mercado petrolero ha multiplicado la competencia en aguas profundas y en gas shale.

Por su parte a Pemex -en pleno proceso de reformas y de transformación corporativa para competir en el mercado global- no le viene nada bien enviar señales de desinversión (“por hartazgo”) en un jugador tecnológicamente relevante como la española Repsol que participa y compite en diversos mercados; una experiencia de la que Pemex carece. No en esta coyuntura. Ya ni mencionemos la pérdida financiera real que ha significado la inversión de Pemex en Repsol en estos años.

¿A quién le conviene la venta accionaria de Pemex? Difícilmente se encontrarán argumentos para decir que le es conveniente a Repsol, a Pemex y, mucho menos, a ambos gobiernos.