Desconfianza empresarial

03-04-2014 10:06

Ayer la nota principal de El Financiero se refería a la problemática que están viviendo las empresas del país por falta de liquidez, un asunto que el diario atribuyó al bajo crecimiento de la demanda y al raquítico ejercicio del gasto público.

Al ver el encabezado pensé que se trataba de un ejemplar viejo, de hace un año. Y es que por estas fechas, en 2013 los empresarios -particularmente los medianos y pequeños- se quejaban exactamente de lo mismo: de que sus ventas se habían caído por falta de clientes y de que el gobierno había dejado de comprarles o de pagarles lo que ya les habían vendido.

Ahora, a tres meses de iniciado el año nuevo, este camino ya parece conocido para buena parte del empresariado y no precisamente me refiero a los grandes empresarios que conocemos a través de los medios de comunicación, sino aquellos más modestos, pero que suman cientos de miles en el país y que generan más de tres cuartas partes de los empleos.

Claro que el cansancio se torna en fatiga y en enojo particularmente cunado la esperanza se diluye. Y eso es exactamente lo que está pasando con esos miles y miles de empresarios que en toda la geografía nacional aún no han visto en sus fábricas y tiendas una pizca de realidad de las promesas de bienestar que ha pregonado a los cuatro vientos el gobierno federal.

No hay confianza empresarial que aguante. Ni en Ciudad Juárez, ni en Veracruz o en el Bajío. Mucho menos entre comerciantes y constructores que han visto deteriorarse sus cifras mes con mes desde hace ya más de un año.

Por eso cuando ayer el INEGI daba a conocer sus resultados de la Encuesta Mensual de Opinión Empresarial a marzo, nadie se dijo sorprendido. Es cierto que los indicadores que reflejan la desconfianza empresarial no se han hundido más en los últimos meses, pero también lo es que aún están lejos de aquellos niveles que alcanzaron en 2010 y 2011 cuando la economía crecía al 4% anual.

Tampoco extraña que sean los comerciantes quienes revelan una caída mayor de su confianza sobre la situación económica de sus empresas y del país en relación a hace un año (-5.1), seguido de los empresarios manfactureros (-4.5) y de los constructores (-2.5). Una desconfianza que se traduce, naturalmente, en menores niveles de inversión o, por lo menos, en una parálisis temporal de las decisiones de inversión empresariales hasta que encuenten respuestas a su confusión.

No es casualidad que en un sector tan golpeado en los últimos años como la construcción, el índice que mide "el momento adecuado para invertir" se haya colocado en marzo pasado 11 puntos por debajo del mismo mes del año anterior. Una dura caída que retrata de cuerpo entero la desconfianza ya enquistada en miles de empresarios en todos los rincones del país.

Lo que se percibe es que el desencanto y el enojo en estos emprendedores se multiplican a una velocidad que no admite dilaciones desde las esferas públicas, locales y federeales.

Las respuestas del gobierno federal no sólo están siendo tardías y retóricas en el peor momento, despúes de acumular 16 meses de atonía; sino también políticamente muy poco inteligentes.

El gobierno de Peña Nieto podría acercarse más a la problemática que revela esta desconfianza empresarial, haciendo a un lado la postura arrogante de quien posee la decisión de políticas públicas. Ya no se trata de pedirles humildad al secretario de Hacienda y su equipo que le rodea, como valor entendido en el funcionario público; sino simplemente de un conveniente reconocimiento (para sus propias carreras políticas) del estado actual de la economía y de la inmediata implementación de políticas urgentes en los sectores y zonas que se requieren.

¡Por favor! A 16 meses de gobierno, la falta de liquidez y la desconfianza empresarial son síntomas de que algo no está funcionando bien.