El "pataleo" por la competencia

13-03-2014 09:20

Cuando la OCDE presentó su Estudio Económico 2011 sobre México, causó cierto revuelo en los periódicos locales el dato de que las familias mexicanas, en promedio, gastan una tercera parte de su presupuesto en bienes producidos en mercados monopólicos o altamente oligopólicos. De hecho -se leía en el reporte de la OCDE- “la proporción es aún más alta para las familias de más bajos ingresos”.

De ese tamaño, o más grandes, son los mercados oligopólicos en México y para darse cuenta de ello sólo hace falta asomarse por la ventana o darse una vuelta por las calles del centro de cualquier ciudad del país con cierta curiosidad.

Desde cemento, agua, cerveza, telefonía fija, electricidad, servicios bancarios, pan, tortillas, pastelillos, televisión abierta, leche, aerolíneas, pollo, gasolinas, refrescos, televisión satelital, transporte terrestre, huevo, televisión por cable, medicamentos, taxis de sitio, telefonía celular, jugos y hasta carne procesada, son productos de alto consumo entre la población que provienen de mercados oligopólicos en México.

Y si bien llamó la atención que una tercera parte del consumo de los mexicanos proviene de mercados oligopólicos, más debe llamar la atención que el poder de compra de las familias se reduce entre 33 y 46 % a causa, precisamente, de esta situación de captura de los mercados en pocas manos; según consigna la propia Comisión Federal de Competencia Económica. Y claro, como siempre esta situación se agudiza en los hogares más pobres.

Así que el asunto de la competencia de los mercados no debe ser cuestión de capricho político, ni de consigna, ni de ideología. La competencia de mercados en México es una condición indispensable para hacer crecer la productividad de la economía y para elevar la calidad de vida de las familias.

Cuidado. Una empresa monopólica o dominante no está incentivada a reducir sus precios, ni a mejorar la calidad de sus productos, ni a innovar, ni a buscar el bienestar de los consumidores. Es más, por su poder económico de mercado, ni siquiera está incentivada a aceptar las políticas públicas que pretenden regularla en aras del bienestar colectivo.

Cuidado. Se puede caer en el engaño de que determinada empresa es un gigante que, si bien domina su mercado en una altísima proporción, tiene ‘buen corazón’ -es decir, trata bien a los consumidores, no es abusiva, es producto del esfuerzo familiar y genera riqueza para el país- y que esa sola condición debe ser suficiente para “no molestarla” con una ley antimonopolios que puede “ahuyentar la inversión”.

Cuidado. Toda empresa dominante, por ese solo hecho y en esa lógica de negocio, impide la entrada de nuevos competidores a su mercado e incurre en prácticas anticompetitivas. No se trata de ir en contra del crecimiento de los negocios, pero tampoco se puede ser ingenuo como para pensar que una empresa monopólica o dominante se comportará -por iniciativa propia- como si hubiera competencia de mercado. Eso no ocurre y por ello es que en la mayoría de los países desarrollados las leyes antimonopolios sancionan no solo las prácticas, sino también la participación dominante de una empresa en los mercados.

Cuidado. Las grandes empresas del país que operan en mercados oligopólicos en México y que han ampliado sus negocios a otros países (léase América Móvil, Bimbo, Cinépolis, Alsea, Televisa, Cemex, Bachoco, etc.) saben bien que deben acatar las reglas del juego de la competencia si quieren seguir creciendo en esos mercados. Así que ni es novedad, ni dejarán sus rentables inversiones en México, ni ahuyentará la inversión, de aplicarse una ley de competencia económica con reglas claras, aceptadas internacionalmente y en beneficio del consumidor.

Lo demás, es puro “pataleo” de las grandes empresas.