La banca excluyente

26-02-2014 09:29

Menos de un tercio de los adultos en México tiene abierta una cuenta en el sistema financiero formal. Esta es la triste realidad de la llamada ‘inclusión financiera’ en el país. Solo un porcentaje menor de la población adulta (27%) quiso o pudo relacionarse directamente con algún banco, aseguradora o alguna caja de ahorro. El resto, simple y llanamente, ‘no existe’ en el sistema financiero del país.

Cuestión muy distinta a lo que ocurre en algunas otras economías emergentes similares a México en su grado de desarrollo. En Chile, por ejemplo, esta tasa se eleva al 42%, mientras que en Brasil es de 56%.

Todos estos son datos del 2012 Global Findex Survey del Banco Mundial citados por Ana Georgina Marín y Rainer Schwabe, analistas del Banco de México, en un documento de investigación publicado en octubre pasado (“Bank Competition and Account Penetration: Evidence from Mexico”).

Una de las conclusiones más importantes del documento contiene una idea sencilla: que desarrollar una política de competencia en el sistema financiero es fundamental si se quiere avanzar en la agenda de inclusión financiera, como se ha propuesto el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Pero habría que ir más allá del solo aliento a la competencia de mercado tirando las barreras que podrían estar impidiéndola; lo que –de por sí- es importante. También hay que fomentar mejores condiciones de participación de mercado y de competencia por parte de las entidades no bancarias y de la banca de nicho a partir de un rol más activo de la banca de desarrollo.

Y es que el grave problema con nuestro actual sistema financiero –y su escasa inclusión de la población mexicana, como lo muestran las cifras- es que es excluyente; porque parece haber sido diseñado para ciertas capas de población, pero no para incorporar a la gran masa de mexicanos de manera eficaz y duradera.

En días recientes cuando le pregunté, en entrevista, algunas de estas inquietudes a Mario di Costanzo, el ombudsman de los clientes de los servicios financieros, me dijo que se requieren tres cosas para avanzar en la inclusión: Accesibilidad a los servicios financieros, protección a los derechos de los clientes, y educación financiera. Pero me dijo algo más: que se requiere una banca de bajo costo. Una banca ‘ad hoc’.

“No sé si el diseño de estos bancos integrantes del famoso G7 (en alusión a los grandes bancos del país) sea el modelo de negocio que puede llegar a un municipio muy lejano; creo que desafortunadamente no es el diseño –me dijo el presidente de Condusef- lo que debería haber es, o bien el desdoblamiento de esta institución para crear bancos de bajo costo con otro concepto, o ligar todo el mosaico de entidades financieras no bancarias para apoyar el proceso de inclusión”. Creo que en esto último habría que avanzar –además del aliento a las políticas de competencia en el sistema financiero- como ya lo propone la recién aprobada reforma financiera.

Mucho se habla de la fortaleza del sistema financiero del país frente a las crisis, pero poco se tiene que presumir de la salud de la ‘microeconomía del sistema financiero’; esa que se relaciona con su consumidor para satisfacer sus necesidades.

La realidad palpable es que tenemos un sistema financiero escasamente incluyente, una política de competencia aún en ciernes, y entidades financieras no bancarias de pantalones cortos, cuyo nivel de dependencia de los grandes bancos les impide crecer.

Allí está el verdadero reto de cualquier reforma financiera para el país.