La confusión de la prensa

20-01-2014 09:27

La prensa vive en una enorme paradoja hoy en día. Mientras que las tecnologías de la información han multiplicado las fuentes y medios informativos como nunca antes lo habían hecho en su historia, generando una verdadera avalancha de información disponible para los ciudadanos; el nivel de desinformación del ciudadano promedio alcanza niveles alarmantes. Es la sociedad de la información del siglo XXI que arrastra un alto nivel de analfabetismo informativo sobre los porqués de la realidad que rodea y que determina el futuro de los ciudadanos.

A ello ha contribuido la confusión entre periodismo e industria, entre periodismo y negocio; confusión que ha horadado los valores fundacionales del periodismo y que lo ha convertido en un espectáculo frívolo de los hechos cotidianos, de los actores públicos (y hasta privados), de las transformaciones sociales y económicas de las sociedades. Ha hecho de los periódicos impresos y digitales una representación cotidiana del entretenimiento, de lo ameno y de lo superficial, como lo advierte Mario Vargas Llosa en su ensayo “La Civilización del Espectáculo”.

Una buena parte de la prensa se ha confundido ante la urgencia de encontrar salidas frente a una crisis que mantiene en vilo, desde años, a sus balances financieros. Una peligrosa confusión que cuestiona su esencia. Hace no mucho el politólogo Jesús Silva-Herzog Márquez lanzaba una dura crítica al diario en el que publica sus artículos. “Creo que la peor tentación –decía- es confundirse con la oferta del nuevo jugador, subordinarse a su código estético, a su ritmo, a sus apetitos”.

Y es que los periódicos -más allá de los ‘exitosos modelos’ que muestra el negocio periodístico en su pasarela- se han dejado atrapar por sus más encarnizados enemigos. “Se desvirtuó –dice Miguel Ángel Aguilar- en respuestas híbridas, pendientes más del mercado que de la sociedad. Se produjo así un resultado paradójico, porque el número y variedad de las expresiones mediáticas resultaba inversamente proporcional a la credibilidad de sus contenidos”. Credibilidad que se ha esfumado con celeridad, como lo muestran las encuestas sobre la confianza ciudadana en las instituciones.

En los últimos años una buena parte de las empresas editoriales del país han exacerbado estas confusiones y paradojas. Surgen nuevos diarios con formatos y diseños novedosos y con múltiples plataformas tecnológicas, pero con un derrotero dominado por las tentaciones de la banalidad y del mercado. Aquello de ‘la política editorial’ es mas un manojo de caprichos que responden a la coyuntura, que a las convicciones de los valores periodísticos. Esos valores que David Remnick, el editor de The New Yorker, no solo defiende sino que advierte –con razón- sobre el alto costo social de su grave tendencia a la desaparición. “Sin una realmente rigurosa cultura de investigación –decía Remnick en una entrevista con El País en 2012- de explicación, de contar bien las historias, de presionar al poder, de mantener la independencia, no hay periodismo… Y sí, este tipo de periodismo es muy caro, pero hay algo más caro para la sociedad: no tenerlo”.

El alto costo social de no construir éstas empresas periodísticas profesionales en un país como México, también se plasma en una edificación democrática enclenque; en la ausencia de una labor crítica seria, consistente y profunda del ejercicio del poder público y de su rendición de cuentas hacia los ciudadanos.

Parece que mi periódico –decía Silva-Herzog Márquez en noviembre pasado- se dispone a abrirle más espacio al trasero de las famosas (sean artistas o diputadas) que al reportaje largo y cuidado, al periodismo serio y confiable, a las notas escritas con respeto por el lenguaje, la información, la gente.

Esta confusión de la prensa resulta muy peligrosa.