El Observador

Cuestión del bolsillo

02-12-2013 11:31

Desde hace años el empresario Carlos Slim ha insistido en su discurso de que los salarios de los trabajadores en México deben mejorar no como una respuesta a reclamos de una mayor justicia social, sino sencillamente por razones de mercado: Una mayor productividad del trabajo debe llevar a mejores salarios reales y éstos, a su vez, a un mayor poder adquisitivo, lo que redundaría en un mayor consumo, favoreciendo la producción, la inversión, el empleo y, por supuesto, los salarios. Un círculo virtuoso en espiral.

Recuerdo haber comentado estas ideas con el empresario allá por noviembre de 1999, previo a un discurso sobre cuestiones laborales que pronunciaría en Italia.

Pero ni el pragmático discurso de Slim, ni la situación laboral y salarial en México han cambiado mucho desde aquella ya lejana fecha. El bajo poder adquisitivo de los ingresos que perciben las familias en México siguen siendo el principal obstáculo para el desarrollo de un mercado interno vigoroso.

Ni siquiera es la falta de penetración del crédito bancario entre la población como lo demuestra el raquítico avance en la última década de las ventas de automóviles nuevos en el país. A pesar de que los distribuidores de vehículos ofrecen créditos bancarios y propios a manos llenas y en diversas modalidades para adquirir un automóvil nuevo, las ventas en el mercado interno no han logrado despuntar consistentemente y la cifra de un millón 140 mil vehículos vendidos que se logró en 2006, aún sigue siendo una meta a alcanzar.

El viernes pasado un reporte a septiembre sobre el empleo y los salarios publicado por INEGI, nos volvió a recordar esa realidad del mercado interno. Los salarios reales de los obreros de la manufactura –dice el reporte- cayeron 0.2% entre enero y septiembre, respecto al mismo periodo de 2012; mientras que los sueldos pagados a empleados manufactureros solo crecieron 0.2% en términos reales.

Si bien hay un raquítico crecimiento del empleo frente a la enorme fuerza laboral desempleada, los nuevos empleos no ofrecen mejores salarios como también lo muestran las estadísticas de INEGI. Un fenómeno al que el banco central llama “holgura” del mercado laboral que no ejerce presiones inflacionarias, precisamente por los bajos salarios de los nuevos empleos.

El asunto es que los salarios reales no muestran mejoría en México como sí ocurre en otros países latinoamericanos que están experimentando una mayor tasa de crecimiento económico e incrementos significativos en la productividad laboral. Decíamos aquí el jueves pasado que en economías como la chilena los salarios reales se incrementaron 4.5% en el primer semestre del año, mientras que en Colombia lo hicieron en 2.5% y en Brasil en 2%.

Las reformas económicas que viene impulsando el gobierno -como la laboral, la de competencia económica, la de telecomunicaciones, o la energética en ciernes- pretenden en el discurso y en el papel un verdadero impulso a la productividad de las empresas y de la economía, removiendo los factores que tradicionalmente han atorado la mayor eficiencia de las unidades económicas y un mayor beneficio en las remuneraciones a los trabajadores.

Pero del diseño en papel a la implementación de las políticas, hay un muy largo trecho que pone en riesgo la eficacia de las reformas y sus pretendidos efectos positivos sobre el empleo y los salarios reales. Ésos serán los verdaderos indicadores de éxito o fracaso del gobierno.

Mientras eso ocurre, la generación de nuevos empleos sigue estancada y los salarios reales no ven recuperación. De allí que no extrañe que sea la economía el mayor fracaso atribuido a Peña Nieto en su primer año de acuerdo a las encuestas y que el secretario de Hacienda aparezca en el fondo de la tabla de las evaluaciones de desempeño.

Es cuestión del bolsillo, como diría Slim.

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