El Observador

El juicio a Peña Nieto

27-11-2013 12:01

Chester James Carville dio en el clavo cuando en el cuarto de guerra del candidato Bill Clinton pegó un cartel con la frase “La economía, estúpido”, para recordarle al equipo demócrata de la campaña presidencial de 1992, que solo lograrían derrotar al casi invencible George H. W. Bush con un mensaje que tocara la necesidad más cercana al elector.

No se equivocó. El también comentarista político de CNN, junto con su socio Paul Begala, logró que la frase calara hondo entre los electores para que Clinton doblegara en las urnas al poderoso presidente que traía las medallas de la Guerra del Golfo en el pecho.

El estratega Carville sabía que no hay nada más cercano a la intención del voto que el bolsillo de la gente. La mala situación del salario, del empleo y de la seguridad social son asuntos que tiran encendidos discursos de gobierno, grandes planes de política económica o grandes reformas estructurales. Casi nada es capaz de enfrentárseles, ni siquiera los héroes de guerra.

Esa lección de Carville no ha sido bien entendida por los políticos mexicanos en el poder, quizá porque aquí la práctica del ‘capitalismo de amiguetes’ –esa alianza perversa entre el poder económico y el político- sigue siendo un factor que pesa en los resultados electorales; aunque cada vez lo hará con menor fuerza.

El bolsillo de los electores mexicanos es el que más ha sufrido en los últimos años. El salario real ha tenido un pobre desempeño. Si tomamos en cuenta la evolución reciente de los salarios reales en el sector formal de la economía, éstos apenas se incrementaron 1% en 2011, 0.5% en 2012 y menos de 0.5% durante el primer semestre de 2013.

Una tendencia de crecimiento decreciente que contrasta fuertemente con la tendencia de los salarios reales en gran parte de América Latina, como en Chile en donde los salarios reales crecieron 4.5% en los primeros seis meses de este año, o en Colombia con 2.5% y Brasil con 2%.

Pero también la calidad del empleo en México sigue siendo un azote para las perspectivas económicas de las familias. Si bien la tasa de desempleo abierto ha sido tradicionalmente una de las menores de la región, ésta esconde una enorme informalidad laboral entre la población ocupada.

El más reciente reporte sobre el empleo que da a conocer Instituto Nacional de Estadística y Geografía publica una tasa nacional de desocupación de 5.01% en octubre, sin embargo la tasa de informalidad laboral es de 59.5% de la población ocupada, la gran mayoría de los que laboran, es decir, unos 30 millones de mexicanos.

Esta última cifra resume la situación de vulnerabilidad por la ausencia de garantías laborales de la mayoría de quienes trabajan en México y ello no solo implica a los ocupados en la informalidad y aquellos que laboran en empresas familiares sin una remuneración monetaria, sino también a quienes son ocupados por empresas formales o incluso gobiernos, sin la protección de la seguridad social.

En fin, que esta informalidad o semiformalidad en la que se encuentra el 60% de quienes trabajan en México generalmente lo hacen en condiciones laborales desfavorables –comenzando por sus retribuciones- y con una enorme fragilidad jurídica que se traduce en desconfianza, como lo han mostrado en los últimos años la evolución de los indicadores de confianza del consumidor.

El bolsillo de la mayoría de los electores no ha mejorado y en las últimas elecciones los ciudadanos apostaron por la experiencia de un PRI que prometió bienestar económico a través de una política reformista.

Como la conclusión que le vendió Carville a Clinton: serán los empleos y los salarios los que den cuenta del éxito o fracaso de Peña Nieto en la siguiente elección. Ese será su juicio en las urnas.

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