El Observador

El malestar del Presidente

23-10-2013 10:13

Antier lo decíamos. La caída en el crecimiento económico podría ser mucho más extensa de lo que se pensaba y, con ello, condenar al sexenio al mismo crecimiento mediocre que la economía mexicana ha visto en las últimas décadas.

Ahora ya no se trata solo de la alta posibilidad de que la economía crezca solo 1.2% en este año, sino que la atonía observada en los meses recientes dificulte una recuperación rápida hacia la primera mitad del próximo año. Organismos internacionales como el FMI han reducido su pronóstico de crecimiento a 3% en 2014. Incluso la OCDE es más aún más pesimista y sitúa su pronóstico para México en un rango de 2% a 3% para el próximo año.

Estos pronósticos de un lento crecimiento para la economía mexicana en 2014, se dan a pesar de un mejor comportamiento esperado para la economía estadounidense en el próximo año que mejoraría la perspectiva para las exportaciones mexicanas; y a pesar de que se espera un mayor dinamismo en el ejercicio del gasto público en estos dos últimos meses de 2013 y al inicio del próximo año.

Así que el lento crecimiento económico esperado para 2014 se explica más bien por una combinación de dos factores internos: El primero es el compás de espera en las inversiones por el largo periodo de instrumentación de las reformas aprobadas en telecomunicaciones, laboral y de competencia económica, así como de la pretendida reforma energética que se espera sea aprobada hacia finales de año.

Y el segundo factor que frenará el dinamismo económico se deriva de los efectos de la reforma fiscal sobre la demanda agregada. Ya el IMEF se adelantó a calcular en 0.5 puntos porcentuales del PIB el costo en el crecimiento de la economía hacia 2014 de las nuevas medidas fiscales aprobadas por los diputados. El argumento es la pérdida esperada en el ingreso personal disponible y en el poder adquisitivo de las familias.

Este escenario potencial de un pobre crecimiento económico en los dos primeros años de su gobierno tiene mortificado al presidente Enrique Peña Nieto. Ayer durante su participación en la Cumbre de Negocios que se celebró en Guadalajara fueron notorios los esfuerzos del Presidente para admitir y explicar porqué la economía no ha caminado como debiera. Sus explicaciones acerca del entorno externo y de la transición de gobierno, como factores de la caída económica, sonaron huecas y poco convincentes.

Peña Nieto se lamentó del pobre resultado económico en momentos en que requería argumentos para plantear una reforma fiscal a fondo, que sería el sustento de una reforma petrolera que –según lo planeó- sería el símbolo de éxito de su gobierno.

El malestar del Presidente se expresó cuando ayer dijo: “Lamentablemente no hemos tenido el crecimiento económico deseado, el que habíamos proyectado”. Malestar que ha retumbado en el titular de la secretaría de Hacienda en las últimas semanas y que naturalmente le ha debilitado en la relación de poder que hasta hace poco mantenía con la mayor parte del gabinete; incluso con algún dejo de prepotencia.

Pero esta manifiesta división en el gabinete no significa que Peña Nieto vaya a prescindir de su secretario de Hacienda y mucho menos en una coyuntura como la actual en la que se juega el futuro de su gobierno. Ni para el Presidente, ni para el resto del gobierno, es conveniente tener a un secretario de Hacienda debilitado en una circunstancia -interna y externa- crucial.

Sin embargo el otrora todopoderoso secretario de Hacienda tiene frente a sí  un reto redoblado. Inesperado hace tan solo 10 meses. No solo con no permitir que las reformas fiscal y energética se diluyan hasta la intrascendencia, sino también darle la vuelta a una economía que no sale de su atonía. De ello depende su futuro político.

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