¿Y a las mexicanas?

31-03-2018 21:11

“Las mujeres no deben pagar ningún costo por opinar, legislar, gobernar, votar o defender la causa que quieran.”

Ana Francisca Vega

 

Desde hace mucho tiempo hay un tema que me inquieta de sobremanera: la discriminación, sea esta de género, por clase, por orientación o preferencia (léase LGBT), etcétera.

Pues bien, la discriminación no se justifica en ninguno de estos casos que menciono, por razonada, filosofada, endulzada, bien vestida, decorada o disfrazada que sea. (Léase: “que sea, PUNTO”).

Dentro de este problema me ha tocado presenciar, de primera mano, casos detestables de discriminación y abuso en contra de mujeres (por el hecho de ser mujeres) y de hombres y mujeres de preferencia homosexual.

Donde he podido, he intervenido (confieso que a veces con poca suerte o tino, pero siempre con buena intención). La vida me ha premiado con muchos amigos y muchas amigas de todo tipo de creencia, orientación, etcétera; no es poca cosa y hay que agradecerlo.

Hoy me quiero referir al tema de la discriminación y el abuso hacia las mujeres, particularmente en los ámbitos en los que, en razón de mi profesión, he tenido oportunidad de desempeñarme. Sé bien que me meto en camisa de once varas (aunque confieso que nunca he visto una…) y que posiblemente la crítica no sea muy amable conmigo en esta ocasión, pero a riesgo de ser tachado como un crítico que opina sin entender por no haberlo vivido (sufrido) “desde la comodidad del heteropatriarcado” (ni modo, aquí me tocó nacer…) trataré de aportar al debate desde este lado de la vida.

Como abogado que siempre he trabajado como profesionista independiente en diversas organizaciones, he tenido la oportunidad de ser testigo de la evolución de la mentalidad con la que la mayoría de las firmas profesionales hoy incorporan a las mujeres en sus filas y de cómo han ido, poco a poco, reconociendo sus méritos y promoviéndolas a cada vez mejores puestos.

En calidad de subordinado, colega o jefe, he podido acompañar a un sinnúmero de mujeres talentosas, de las que siempre he aprendido mucho.

 

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Pero no todo ha sido, como decía mi abuela, coser y cantar; hace 30 años a mí me prohibieron (tal cual) contratar mujeres (no tenía sentido invertir en enseñarles y formarlas “si después se iban a casar y se iban a ir”); años después, sin decirlo abiertamente, prevalecía la misma ideología entre mis colegas y socios.

Me queda claro que las mujeres son medidas con una vara más alta que los varones y que tienen que demostrar más y de mejor manera que ellos para poder adelantar o al menos igualar a sus colegas varones.

Esta situación ha llevado a las mujeres profesionistas que conozco a estar mejor preparadas, a ser más ordenadas y a estar dispuestas a hacer esfuerzos que los varones a veces ni nos cuestionamos (al menos a la mayoría, porque como todo en la vida, hay por ahí alguno que otro y alguna que otra, que ni cómo ayudarles…).

 

Hace 30 años a mí me prohibieron (tal cual) contratar mujeres; años después, sin decirlo abiertamente, prevalecía la misma ideología entre mis colegas y socios.

 

El problema es la mentalidad imperante en la mayoría: “de acuerdo, que venga a trabajar aquí y, si su calidad profesional y su dedicación lo justifican, irá avanzando”.

Cierto, pero no podemos dejar de decirles a las cosas por su nombre, lo que un gran número de mis colegas varones piensan es: si es una mujer profesionista, exitosa, que dedica horas y deshoras a su trabajo y sale de la oficina a veces de madrugada, viaja sola por trabajo y se mide como igual con cualquier varón con el que deba medirse en el curso de su trabajo, la conclusión parece evidente: es una mujer profesionista e independiente = es una mujer liberal = seguro se acuesta conmigo.

Y porqué no habría de hacerlo, si además somos exitosos, simpáticos y ocurrentes (nos caemos requete bien a nosotros mismos) y, seguramente que al igual que a nosotros mismos, a esas mujeres debemos parecerles interesantes y guapísimos (¿quien no querría acostarse con nosotros?).

¿Y si no quiere? “Seguro que si no quiere acostarse conmigo, es porque es lesbiana; y si es lesbiana, no es de fiar”. La preferencia sexual no tradicional (léase: la no heterosexual) es equivalente a ser indecente y no confiable para esta estúpida mentalidad de tantos y tantos abogados (y no abogados) de este país.

Esto tiene que terminar; ya no podemos seguir despreciando a nuestras colegas que son tanto o más éticas, eficientes y productivas que nosotros los varones; hay grandes obstáculos que a nosotros (los varones) nos toca eliminar. Y nos toca a nosotros por una sencilla razón: porque nosotros los pusimos ahí.

Urge que las oportunidades sean las mismas y que en los casos específicos provocados por las diferencias (por ejemplo, la maternidad; que dicho sea de paso sigue siendo resultado de dos y no de una sola) creo que va siendo hora de comenzar a entender las diferencias y de invertir en ese futuro común que a todos nos conviene.

 

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Ahora bien, con la pena pero no todo nos toca a nosotros; la experiencia me ha mostrado también una tristísima tendencia de muchas mujeres de sabotearse a sí mismas y a otras; con tal de pertenecer y ser admitidas en este grupo elitista y discriminador, algunas mujeres que han logrado llegar y con enormes sacrificios, terminan siendo tanto o más discriminantes. No caigan en este juego, no hace falta; lo que hace, es mucho daño.

Tenemos que ocuparnos de este tema, tenemos que ponerlo sobre la mesa y con iniciativas como las que promueve Abogadas MX (www.abogadasmx.org) o discusiones abiertas como las patrocinadas por  Chambers & Partners y el despacho Galicia Abogados recientemente (en el marco de la reunión de la International Bar Association en esta ciudad de México), comenzar a entender la magnitud de la oportunidad que significa la inclusión y la generosidad de unos con otras, de unas con otros y de todos contra todos.

En países más avanzados socialmente, existen serios estándares de inclusión e igualdad que son exigidos a las firmas profesionales antes de ser contratadas para un trabajo; la exigencia del mercado es una poderosísima herramienta para hacer entrar en razón a quien no se convence (por la razón que sea) de la bondad intrínseca de la inclusión y de la igualdad.

 

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Abramos el diálogo, exijamos a los demás lo que estemos dispuestos a aportar nosotros y probablemente comencemos a encontrar en este tema el camino de la evolución y del crecimiento y dejemos para nuestros hijos, para nuestras hijas, un México más equitativo e incluyente. Hace unos días escribía sobre lo que creo que nos hace falta en México para progresar; sobre lo que les falta, lo que nos falta a todos los mexicanos.

Por eso no pudo dejar de preguntarme y de preguntarles: ¿y a las mexicanas, qué les falta, cómo les va?

 


[1] El Universal, “El costo de ser política”, 27 de marzo 2018. http://www.eluniversal.com.mx/columna/ana-francisca-vega/nacion/el-costo...

[2] Aunque debo reconocer y agradecer a muchos de mis lectores y lectoras que en el pasado sí que han sido más que amables conmigo.

[3] Mi abuela materna fue una mujer emprendedora y luchadora que sacó adelante a sus hijos y formó un patrimonio después de enviudar siendo muy joven en la primera mitad del siglo pasado. No puedo menos que sentirme muy afortunado de haber nacido en una familia con mujeres fuertes y emprendedoras y seguir hoy, por elección, rodeado de ellas familiar y profesionalmente.

 

 

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