Brasil, aún muy lejos del “ordem e progresso”

04-07-2014 12:42

Las comparaciones son odiosas, pero en ocasiones resultan inevitables. Y más cuando el expresidente Lula fuera quien lanzara un “estamos mejor que México” a unos cuantos días de que la atención de millones de mexicanos se concentrara en Brasil -en especial en su mundial futbolero- como principal tema de conversación nacional.

Regresé a Brasil después de casi veinte años (entonces fui a negociar un tratado fiscal). Ahora pude conocer tres poblaciones del noreste brasileño: Fortaleza, Recife y Natal. Estas ciudades son la quinta, novena y decimonovena más pobladas (aquí serían Toluca, Torreón y Morelia, en ese orden), con poblaciones similares a las de Puebla, León y Acapulco, respectivamente.

Con 200 millones de habitantes Brasil posee una geografía extraordinaria, cuatro veces más grande que la nuestra. Tienen más de 7,500 kilómetros de litorales (México tiene 11,000) y el complejo hidrográfico más grande del mundo. El Amazonas descarga 12.5 millones de metros cúbicos de agua por minuto, cuarenta veces más que el Usumacinta, nuestro río más caudaloso.

La amalgama de la hospitalaria sociedad brasileira -fusión de portugueses, africanos y guaranís- es fascinante. El resultado cultural, arquitectónico, literario, musical y gastronómico de esa mezcla es único. Pero no, Brasil no está mejor que México.

Su economía -la sexta del mundo- duplica a la mexicana, que es la número catorce. Su PIB per cápita nominal es de 12,339 dólares anuales, mientras aquí es de 10,514; lo que nos coloca en los lugares 56 y 63, respectivamente según el FMI de entre 181 países. Sin embargo, la concentración de la riqueza en Brasil es alarmante, lo que se traduce –según Moody’s- en que el ingreso per cápita real de México sea de 8,221 dólares, mientras que en Brasil sea de 5,621.

La infraestructura que pudimos observar es menos desarrollada que la nuestra. A pesar de que su territorio cuadruplica al nuestro, allá tienen 100,000 kilómetros de caminos pavimentados (México tiene 130,000).

El crucero que nos llevaría a las distintas sedes mundialistas no podía atracar en Natal por carecer de un muelle capaz de albergarlo (en Recife y Fortaleza desembarcamos en muelles de carga). Ello implicaba traslados carreteros entre Recife y Natal (287 kilómetros) de cinco horas. Los recorridos -plagados de retenes policiacos- retrataban pobreza, insalubridad e inseguridad. Las favelas se veían por todas partes, inclusive donde terminaba la pista aeroportuaria de Recife.

Esta inequidad es el resultado de la corrupción que ha generado fortunas para los cercanos al poder gubernamental. La corrupción explica el desequilibrio que caracterizó al siglo XX brasileño, en el que –tras una monarquía medianamente estable y progresista durante el siglo XIX- Brasil experimentaría toda forma de gobierno posible: presidencialismo, parlamentarismo, sucesiones pactadas entre partidos (política del café com leite), dictaduras militares, voto directo e indirecto, etcétera; todas derrocadas por la corrupción.

En un entorno democrático –pero económicamente complejo- Dilma Rousseff enfrenta el reclamo social por el oneroso e ineficiente costo del mundial, mientras sanciona cuidadosamente las corruptelas de Lula para recuperar credibilidad política, sin perder el apoyo de su partido.

Y todavía faltan los juegos olímpicos.

Aquí no estamos para festinar gran cosa. Pero allá menos, salvo su pase a cuartos de final.

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