Cuando exportar más no implica crear valor: el riesgo del crecimiento sin desarrollo

¿Capturar valor o regalarlo? Algunos países están imponiendo condiciones: procesamiento local, restricciones a exportaciones sin valor agregado, exigencias de transferencia tecnológica. México aún está decidiendo qué hacer.
23 Marzo, 2026
Crear valor exportador.
Crear valor exportador.

Cada vez que se celebra que un país exporta más, se da por hecho que eso es progreso. Hay una idea en economía del desarrollo que pone en duda esa intuición. Se llama crecimiento empobrecedor. La formuló Jagdish Bhagwati en 1958 y suena contraintuitiva: un país puede producir más, exportar más, atraer inversión… y aún así salir perdiendo. Crece el volumen, pero cae el valor de lo que vende. El número sube. Los términos de intercambio caen

El país, en realidad, se empobrece. No es solo teoría. Pasa en la práctica. Entran flujos de inversión, el PIB marca récords, las exportaciones despegan… y sin embargo no se desarrollan proveedores locales, no hay transferencia tecnológica y el valor se captura en otro lado. El dinero entra… y se va. La economía crece, pero los países no necesariamente se desarrollan.

México, contra lo que suele pensarse, no cayó del todo en esa trampa. Pero tampoco salió intacto. Desde los noventa, el país empezó a escalar. Primero ensamblaba. Luego produjo partes. Después, sistemas más complejos. Hoy hay clusters que compiten en serio: automotriz en el Bajío y el norte, aeroespacial en Querétaro, electrónico en Jalisco. Eso no fue suerte. Fueron décadas de aprendizaje, inversión y acumulación de capacidades.

Hoy el mundo está peleándose por litio, cobre, cobalto y tierras raras. La transición energética depende de ellos y Estados Unidos quiere reducir su dependencia de China. México tiene varios de estos recursos y la presión para explotarlos rápido es cada vez mayor. Extraer y exportar minerales en bruto es el manual clásico del crecimiento empobrecedor. Se vende el recurso, los costos ambientales y sociales se quedan en el territorio, y el valor agregado —refinación, baterías, componentes— se genera en otro país.

La diferencia no es menor. Es la distancia entre capturar valor o regalarlo. Algunos países ya se pusieron duros. Chile e Indonesia, cada uno a su manera, han empezado a imponer condiciones: procesamiento local, restricciones a exportaciones sin valor agregado, exigencias de transferencia tecnológica. México todavía está decidiendo qué quiere hacer.

Este no es cualquier momento. La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá es una oportunidad de negociación. Los minerales no son el único frente. Hay otro menos evidente, pero igual de delicado: los data centers.

La demanda de infraestructura para inteligencia artificial se disparó. Todo el mundo quiere centros de datos. Gobiernos, empresas, inversionistas. El argumento es sencillo: atraerlos es atraer futuro. El problema es que nadie sabe cuántos realmente se van a necesitar. La tecnología avanza tan rápido que lo que hoy requiere enormes cantidades de cómputo podría volverse mucho más eficiente en pocos años. Los modelos cambian, los chips mejoran, los procesos se optimizan. Como resultado, la infraestructura construida bajo expectativas optimistas puede quedar subutilizada antes de haberse pagado. ¿Quién asume ese riesgo? No la empresa. El territorio.

El Valle de México y el Bajío ya enfrentan estrés hídrico serio. Un solo data center puede consumir millones de litros de agua al día para enfriar sus servidores. Se trata de agua local utilizada para procesar datos que ni siquiera se consumen en el país. Al hacer el balance, el resultado es incómodo. Los beneficios locales son limitados: no se crean cadenas productivas relevantes, no se desarrollan capacidades exportables, no se detonan ecosistemas industriales. Se consumen recursos críticos… y se devuelve muy poco.

A México le tomó décadas construir su base industrial. Esa acumulación de capacidades —empresas, ingenieros, procesos— permite hoy competir en segmentos de mayor valor. No es algo garantizado.

Hoy México sí tiene con qué negociar. Es el principal socio comercial de Estados Unidos. No está en una posición débil. Tener poder no sirve de nada si no se sabe para qué usarlo.

El riesgo no es el comercio. El riesgo es creer que el comercio, por sí solo, hace el trabajo. Exportar más, atraer inversión o integrarse a las cadenas globales puede ser un gran instrumento de desarrollo. No es automático. Depende de cómo se haga y de qué lo acompañe: políticas que construyan capacidades, que generen encadenamientos, que capturen valor.

Cuando eso no ocurre, el resultado es otro. El crecimiento se ve bien en los datos… pero no se traduce en desarrollo. México no parte de cero. Ya construyó una base industrial, ya aprendió a integrarse, ya tiene poder de negociación. La pregunta es si va a usar todo eso para subir en la cadena de valor… o para quedarse donde es más fácil. El comercio puede ser una palanca de desarrollo. También puede ser una forma sofisticada de estancarse. La diferencia no está en cuánto exportas. Está en lo que eres capaz de construir a partir de eso.

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).

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