El Desencanto

07-11-2019 06:00

México se encuentra, para parafrasear a Raymond Vernon, en un dilema de su desarrollo económico, político y social.

Durante los últimos 25 años el país ha construido, a regañadientes, un buen tramo del andamiaje institucional para que una democracia con economía de mercado funcione de manera eficaz. Si bien los retos persisten en términos de consolidación y perfeccionamiento de las instituciones, también es cierto que desde el nuevo gobierno hoy existe un momento de reflexión (para decirlo eufemísticamente) de hacia dónde deben ir dirigidos los nuevos esfuerzos.

En mi opinión lo que está en el fondo de la actual administración es la redefinición del papel del Estado en la economía. Hasta ahora, dos instrumentos han sido clave.

Primero, se busca replantear la rectoría del mismo mediante el uso del sector considerado como clave para impulsar el desarrollo, a saber, el energético. Se piensa, como en las décadas de 1930-1970, que el petróleo puede ser el eje conductor. Segundo, se está dando un cambio en la política social que fundamentalmente está teniendo como objetivo fortalecer una base social amplia con el incremento abrupto de las transferencias directas hacia sectores desfavorecidos. Más aún, la centralización del gasto refuerza el argumento de una base social a nivel nacional. Es de reconocerse, no obstante, que todo esto se ha aprobado guardando el equilibrio de las finanzas públicas.

En cuanto al sector industrial, hasta ahora es un enigma. Uno esperaría un especial nacionalismo dada la admiración del modelo de Desarrollo Estabilizador. Los instrumentos anunciados hasta ahora en el decálogo son de baja potencia y con recursos muy escasos, como para afectar precios relativos. No obstante, toda la política económica diseñada hasta ahora está poniendo tanto a la inversión doméstica como la extranjera en “modo de espera”.

 

Toda la política económica diseñada hasta ahora, está poniendo tanto a la inversión doméstica como la extranjera en “modo de espera”

 

Independiente del componente ideológico del nuevo gobierno, el “estilo personal” de gobernar del flamante Presidente, también es una variable a considerarse. La encrucijada de los agentes privados es hoy cómo comportarse ante este estilo, de toma y daca, y caprichoso a ratos. Por su parte, algunos del sector privado, con su comportamiento válido o no, le han añadido leña al fuego.

Pero para entender el presente es necesario reconocer que los retos que venimos arrastrando tienen su origen en nuestra incapacidad de haber echado a andar una democracia con economía de mercado funcional a cabalidad, aunque sin duda dimos pasos importantes hacia esa dirección.

Esto se manifestó irremediablemente en una voluble debilidad institucional, un bajo crecimiento económico, una elevada corrupción, una alarmante desigualdad económica, unos inaceptables niveles de crimen, bajos niveles de competencia económica, un sector público disfuncional en sus tres poderes y en sus tres niveles de gobierno y una sociedad desencantada con los resultados de los últimos 25 años, a pesar del modesto avance.

Desde mi perspectiva, mucho de lo que hoy se vive, ansiedad y desilusión, y que ha decantado la asunción de regímenes populistas alrededor del mundo, es que nuestro modelo de país hasta este momento (con sus contradicciones) no ha sido capaz de integrar al trabajo productivo a una población mexicana cuya demografía, además, era (¿es todavía?) muy favorable. Y ello se debe a una multiplicidad de factores, algunos internos y otros externos. Ya me referí a los primeros en el párrafo inmediato anterior.

Dentro de los externos, uno que el mundo entero ha sufrido también, es un desencanto con el modelo. Cada día más hay expresiones anti-globalización y anti-mercado que no podemos ignorar. Lo mismo en Francia, que en EU, la Gran Bretaña, o Alemania por nombrar a los países más avanzados. O más recientemente, Chile (¿?).

El capitalismo sin duda alguna ha logrado mejorar nuestras vidas de una manera incluso incomprendida, y este modelo resulta esencial para alcanzar la prosperidad. Pero es necesario reflexionar cómo este mismo sistema puede ayudar a sanar las heridas, que de manera natural se van generando. Para esto, se necesita un Estado activo en las esferas económicas y sociales, pero nunca un Estado que se empodere a sí mismo; necesitamos pues políticas públicas coherentes que corrijan y aminoren los efectos no-deseados que a menudo el capitalismo acarrea.

 

Se necesita un Estado activo en las esferas económicas y sociales, pero nunca un Estado que se empodere a sí mismo; necesitamos políticas públicas coherentes que corrijan y aminoren los efectos no-deseados que, a menudo, acarrea el capitalismo

 

Por ejemplo, la dinámica del mercado laboral ha cambiado con el desarrollo de las nuevas tecnologías. Y es aquí donde un trabajo calificado se ha beneficiado más que el no-calificado, ampliando la brecha de la desigualdad. El problema está en que estos últimos trabajadores han sido desplazados, y la sociedad no fue capaz de proveerles con una alternativa. Tenemos que trabajar en ello. No estoy seguro que el programa  jóvenes construyendo el futuro sea la respuesta, aunque es un paliativo de muy corto plazo.

La solución fácil es el estado paternalista, el que, ya se sabe, puede aliviar los dolores si acaso en el corto plazo, pero no en el mediano y mucho menos en el largo. Lo cierto es que hoy día en el mundo “un@ chic@ con elevado nivel de educación” la hará en la vida mil veces mejor que el no-educado y sin ningún entrenamiento, debido al dinamismo que ha conllevado el propio sistema de innovación tecnológica.

Y es en este contexto global y doméstico que la nueva administración llegó al poder. Deben agregarse a la agenda temas sociales que de manera creativa propongan políticas para integrar al trabajo productivo a esa parte de la sociedad menos calificada y con menos educación, que el dinamismo de la economía ha dejado afuera. Y son ellos los que de manera natural han manifestado su desencanto, desilusión y ansiedad (para usar un término de Collier). Esto nos ha llevado a perder la confianza hasta entre nosotros. Y eso es lo que no debemos permitir que siga creciendo.

La narrativa propositiva, no confrontativa, debe incluir temas en los que toda sociedad está de acuerdo, independiente al espectro ideológico al que se pertenezca. Debemos pugnar pues, si es que se me permite, por un capitalismo más humanista y con menos excesos, con más ética, donde la gente no se apropie de ganancias que no se merece, cualquiera que sea su ocupación.

Entender que el capitalismo provoca “destrucción creativa”, y que, si bien no debemos evitarla, sí tenemos que diseñar instrumentos para proteger a los desplazados y afectados, que son de carne y hueso. Debemos proteger y defender el capitalismo, mediante acciones complementarias, como por ejemplo, proponiendo esquemas que permitan a los perdedores rehacerse en la vida y reintegrarse nuevamente a la vida productiva. Y esto, muchos países avanzados, de manera imperfecta y con sus defectos y virtudes, lo han solucionado proponiendo redes de protección social (Safety Nets), preferentemente universales. El presidente está fallando en esto, cuando cuenta con todas las condiciones para al fin introducirla.

 

Debemos entender que el capitalismo provoca “destrucción creativa”, y que, si bien no debemos evitarla, sí tenemos que diseñar instrumentos para proteger a los desplazados y afectados, que son de carne y hueso

 

Esta administración está en lo correcto en poner en el centro del debate la distribución (observe Chile). Es sin duda un catalizador para la ansiedad y desencanto con el modelo seguido (reitero, esa es la lección de Chile para México). Está en lo incorrecto creyendo que se puede hacer sin la mano de todos los sectores de la economía, y desechando lo que se ha probado que funciona.

Más aún, está cometiendo errores de diseño de política pública y de implementación (incompetencia a ratos) muy visibles. Tiene, todavía, todo el capital político para lograr modificar el modelo hacia uno más humanista, pero sin desandar lo andado. Una socialdemocracia à la mexicana.

No hay contradicción, como se nos quiere hacer sentir, entre objetivos de crecimiento y de redistribución. Puede haber complementariedad. El presidente tiene que entenderlo si quiere enderezar el rumbo.

Ambos lados del espectro ideológico deben bajarle los decibeles si queremos que nuestro país progrese. También los líderes de los hasta ahora polos opuestos deben escuchar menos a sus asesores necios, los que en ambos casos se han convertido en terapistas, más que en propositivos. La cordura y la responsabilidad debe prevalecer en todos y cada uno de nosotros.