Desglose
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México: el narcoestado

20-10-2014 20:53

El crimen organizado parece permear en todo: la política, el entretenimiento, las finanzas.

Las matanzas de Ayotzinapa, en Guerrero, y de Tlatlaya, en el Estado de México, indignan por el nivel de barbarie institucionalizada: ambas fueron a manos de cuerpos armados del propio Estado mexicano.

Si la masacre en el Estado de México, a manos del ejército mexicano, fue a partir de ejecuciones como las de un cartel para eliminar a otro, el asesinato y secuestro de jóvenes estudiantes rurales en Guerrero no deja lugar a dudas de su implicación con el crimen organizado, según la admisión de las propias autoridades estatales y federales.

El escándalo de Iguala pone ahora el tema en las portadas nacionales e internacionales, pero en centenas de municipios y decenas de otros estados quizás la situación no sea tan diferente a la vivida en partes importantes de Guerrero donde autoridades y miembros del crimen organizado son un producto simbiótico.

Difícilmente algún área del país podrá estar intacta ante el tumor maligno del crimen organizado, empezando por la clase política.

A mediados del sexenio de Felipe Calderón, el presidente que quiso combatir el narco (y olvidar la incertidumbre electoral) anhelando los “juguetes” de Jack Bauer y vistiéndose de soldadito, se lanzó una advertencia desde su propio partido.

En el municipio más rico del país y de América Latina, San Pedro Garza García, en Nuevo León, el candidato del PAN a la alcaldía y prominente miembro de una importante familia empresarial, Mauricio Fernández, dijo en entrevista mediática:

Realmente no hay candidato a cualquier puesto de elección popular que no haya sido buscado por los narcos, pasa en todos lados, en todos los estados del país.

Unos meses después, en pleno proceso electoral, el diario El Universal cabecearía en su primera plana: “Candidato del PAN en NL pacta con los Beltrán Leyva”, con base en unos audios de reuniones con ciudadanos del municipio que Reporte Índigo difundió.

El político panista ganó la elección, fue alcalde, dejó en su lugar a un sucesor de su mismo partido y, hasta hace unas semanas, medía su popularidad para llegar a ser gobernador de ese estado.

La advertencia, sin embargo, que con su tono pragmático y franco hizo en el proceso electoral, era bastante clara y sin duda es altamente verosímil: difícilmente habrá candidato político en elecciones en el país que no sea buscado por el narcotráfico.

Los políticos capturados y procesados por vínculos con el crimen organizado, desde regidores y alcaldes hasta diputados, senadores, gobernadores o secretarios de estado, prácticamente no existen en este país y los pocos relevantes que hay se pueden contar con los dedos.

Prácticamente todos los partidos, PRI, PAN, PRD, PVEM, etcétera han recibido acusaciones en su contra de miembros vinculados con grupos del narcotráfico, aunque entre ellos mismos parecen evadir el tema y sólo insinuarlo versus los otros en tiempos electorales o cuando se tienen que defender de una acusación similar.

En general, como todos parecen tener cola que les pisen, pareciera haber un pacto no explícito pero efectivo de impunidad compartida en la clase política.

El mismo pacto parece llegar a los empresarios. Si el dinero del narco en los flujos de campañas pareciera un fantasma que nadie quiere ver, el efectivo necesariamente derramado en numerosas empresas a lo largo de todo el país también es invisible.

Caen capturados sin un solo disparo el Chapo Guzmán o Beltrán Leyva, líderes de millonarias empresas trasnacionales según los gobiernos, pero ningún empresario importante vinculado a ellos o a otros grupos del crimen organizado es apresado también.

Es más fácil enterarse de empresas mexicanas presuntas lavadoras de dinero por los reportes de la DEA, generados en Estados Unidos, que en el propio país y las únicas sanciones importantes a instituciones financieras en México por su laxitud ante el lavado vienen también del extranjero.

Como la mayoría de las instituciones, los medios de comunicación tampoco se salvan de la infiltración. El caso de las camionetas con la imagen de Televisa usadas por el crimen organizado mostró el nivel de sofisticación como para que criminales tuvieran camionetas idénticas en todo (equipo, logotipos) a las de la principal televisora del país.

Medios como Grupo Reforma dedican fuertes cantidades de dinero a vigilar y evitar la infiltración del crimen en sus propias filas, según reveló Wikileaks, mientras otros diarios, como Milenio, alertan a sus propios enviados de los infiltrados regionales que tienen, según esta crónica de John Gibler.

El crimen organizado permea en todo o en casi todo: la política, el entretenimiento, las finanzas. La impunidad y la corrupción habitual han sido el caldo de cultivo para que se arraigue.

El cinismo o pesimismo no ayudará en nada a la solución, sin embargo. La vida de los jóvenes asesinados en Tlatlaya y de los que fueron secuestrados, exige un clamor indignado, persistente, sólido de la ciudadanía hacia la rendición de cuentas y la justicia.  México tiene hambre y sed de justicia. 

ACERCA DEL AUTOR
Alejandro Navarrete
Periodista mexicano. Analista político y de estrategias y escenarios de comunicación, medios y redes sociales.
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