Empatía, bienestar y sensatez

24-04-2019 09:14

La matanza de Minatitlán fue una triste oportunidad para la empatía.

A unas horas del lugar, el presidente podría haber acudido ahí para expresar su solidaridad o, desde el rincón de Veracruz donde se encontraba, condolerse públicamente, o al menos expresar su indignación en el difuso ciberespacio de las redes sociales. En vez de ello, desde una incierta distancia física y emocional, pasó cerca de un día para que tocara el tema, y su primer mensaje en twitter después de la tragedia fue para fustigar a los ‘conservadores’.

Muchos de los detractores del presidente tampoco mostraron una gran generosidad con las víctimas, intentando convertir la masacre en descrédito presidencial más que compartir la pena y la indignación por lo sucedido. Sin embargo, a los excesos en el uso político de la muerte le correspondió uno no menos reprobable: la ausencia del presidente en momentos críticos. El paternalismo, que con frecuencia abruma el ánimo ciudadano, no estuvo presente cuando este último fue lastimado.      

Sería exagerado, sin embargo, decir que quienes no coinciden con el presidente tienen como factor común la mezquindad, o que el propio presidente permanecerá impasible ante este u otros actos catastróficos. Aún desde el desacuerdo, las personas son capaces de ponerse en el lugar del otro.

Para empezar, la inmensa mayoría de los mexicanos no encuentran difícil imaginar que la fiesta de sangre de Minatitlán podría ser la propia en un inesperado giro de la suerte y ante el talante militar de la seguridad pública. Tampoco está fuera del alcance de la imaginación propia el dolor de quienes han perdido amigos y familia, incluyendo niños, ante el irrefrenada criminalidad.

Una gran parte de quienes cuestionan al presidente no le piden soluciones mágicas, sino información veraz, explicaciones convincentes y propuestas concretas para hacer frente a los desafíos de corto plazo de la violencia. Muchos no buscan tener la razón en medio del caos sino mejorar la condición básica para vivir en sociedad, conservar la integridad física.

Quienes protestan piden que el Estado cumpla su función más elemental: la protección de las personas que lo integran. Sin esta base, es prácticamente imposible construir un Estado de mayor alcance, ya no se diga un Estado de Bienestar. De esta forma, si no es por empatía, será por preservar su proyecto político que el presidente tenga que atender con urgencia el tema de la criminalidad.

 

Gran parte de quienes cuestionan al Presidente no le piden soluciones mágicas, sino información veraz, explicaciones convincentes y propuestas concretas para hacer frente a los desafíos de corto plazo de la violencia

 

En cierta forma, la nueva administración ya está intentando construir las bases para reducir el crimen. Los programas sociales proporcionan mayores transferencias monetarias a una porción más grande de la población, lo que puede mejorar sus prospectos de corto plazo para la movilidad social, sobre todo de aquella más joven. Con ella, de acuerdo a la experiencia de otros países, es de esperar que los mayores de quince años tengan una menor propensión a participar en actividades criminales. La evidencia disponible muestra que puede haber grandes ganancias en reducción del crimen violento, particularmente asociado al narcotráfico, por el combate a la desigualdad.

Desafortunadamente, el grado de acierto de la nueva política social está en duda. Por lo pronto, aún no es claro que apunte a un sistema de seguridad social universal y a una educación de calidad para todos que trascienda la fragmentación y limitaciones del simple reparto de dinero.

En este sentido, las ganancias en reducción de la desigualdad pueden no ser sostenibles en el largo plazo, e incluso no materializarse ni en el corto, con lo que el combate a la criminalidad por esta vía podría ser minúsculo o inexistente. Pero aún si estas ganancias fueran sustanciales serían sólo una parte de la historia.

La criminalidad no sólo está determinada por las condiciones de bienestar social. Además, afecta adversamente la movilidad social, con lo que preserva o incluso aumenta la desigualdad y la pobreza. Esto significa que otros factores deben ser tomados en cuenta, en particular, la falta de investigación, persecución y castigo a los delitos, es decir su impunidad. En buena medida la delincuencia existe porque es posible como actividad sin mayores consecuencias para quien la ejerce.

Un corolario de lo anterior es que un gobierno que se preocupe genuinamente del bienestar social debe dar el más estricto ejemplo de respeto el estado de derecho y de castigo a la delincuencia, pasada, presente y futura. En este sentido, no basta la empatía y la generosidad con cargo al erario para procurar bienestar, también es necesario el sentido común de cumplir y hacer cumplir las leyes.

 

@equidistar