Ir hacia atrás como quien dice que va hacia delante

17-02-2019 12:33

El número es apabullante. Representa el presente del futuro. Es la constatación, dramática, si se quiere, de que el tiempo por venir ya está aquí. Siete de cada diez niños que estudian actualmente la primaria, trabajarán desarrollando funciones que aún no se han inventado.

A la vez, según reporta el Banco Mundial, América Latina es la región con la mayor brecha entre la formación que ofrece el sistema educativo y las habilidades que demanda el sector productivo.

A sus problemas para consolidar en su población escolar sólidos conocimientos en ciencia, lectura y matemáticas, la región latinoamericana enfrenta el desafío adicional de ampliar y fortalecer las habilidades básicas en herramientas digitales de su población en general.

América Latina, y sus arcaicas formas del ejercicio unipersonal del poder, camina hacia adelante; supone. Avanza en la dirección, discontinua, que en cada periodo se asienta.

Órdenes y contraórdenes; nacimiento y muerte de programas; montaje y desmontaje de políticas públicas; bautizos y rebautizos de instituciones; logos y recontralogos; todo en nombre de la nueva mirada, el nuevo adelante, cada vez.

No se trata de que los países se preparen para lo que va a ocurrir. Sino de que sean capaces de encarar de modo adecuado (y continuo) lo que ya tienen enfrente.

Así, cada vez que un gobernante asegura que la alfabetización digital es una moda, lo que en realidad revela es que su mirada apunta hacia un punto que, viéndolo él adelante, se halla cada vez más lejano de lo que en el horizonte del tiempo ocurre en el mundo.

Adelante, por eso, cuando se trata del poderoso, no es una dirección sino un acto de la voluntad. La de quien manda; la de quien le sigue.

Cuando hacia el final de Jacques y su amo, la obra de teatro que Milan Kundera escribió para homenajear a Diderot, el sirviente pregunta: ¿a dónde vamos, mi señor? Éste, sin dudar, responde: Hacia delante, Jacques, siempre hacia delante. ¿Dónde es eso, mi amo?, inquiere el siervo. Adelante, Jacques, es hacia donde tus ojos miran, ahí es adelante.

Homenaje cifrado en reescritura, la obra del checo trae a colación Jacques el fatalista, el breve, implacable y luminoso tratado que Diderot legara en 1796 sobre la naturaleza humana y su ilusión vana por construir certezas.

 

El sirviente pregunta: ¿a dónde vamos, mi señor? Éste, sin dudar, responde: Hacia delante, Jacques, siempre hacia delante. ¿Dónde es eso, mi amo?, inquiere el siervo. Adelante, Jacques, es hacia donde tus ojos miran, ahí es adelante

 

Aun cuando toda evidencia demuestra que se retrocede, no hay quien resista la tentación de asegurar que avanza. Particularmente desde el ejercicio del poder, adelante es, en efecto, ahí donde los ojos del que manda miran, ahí es adelante. Incluso, o principalmente, cuando éstos miran hacia atrás.

Y sin embargo, mientras América Latina va y viene, da dos pasos hacia un lado y tres hacia el otro, hay un horizonte temporal implacable, una línea del tiempo que no, ciega como es, ajena a las miradas de cada periodo presidencial, no admite reinvenciones sucesivas.

De acuerdo con la CEPAL y su prospectiva a 2030, existe un riesgo real de desplazamiento de empleos que hoy son realizados por personas. Si bien no hay un consenso que señale con precisión cuántas labores completas podrían desaparecer, sí se han establecido algunas estimaciones preocupantes.

Así, por ejemplo, se calcula que para el 2030 en América Latina, en sectores como el turismo, la minería o la manufactura, tres grandes ámbitos de trabajo en la región, la mitad de lo que se hace en lo actualmente es una jornada completa, podría estar por completo automatizado.

La distancia que media entre los países desarrollados y América Latina en materia de uso y acceso a las tecnologías de la información es aún de 20 puntos.

Latinoamérica ha registrado avances en materia de acceso digital, pasó del 46% al 56% de 2013 a 2016, pero Europa y los países de la OCDE están por arriba del 80%. De tal suerte que la región corre el peligro de rezagarse en una carrera que, a diferencia de la alfabetización tradicional, está en marcha; es decir, implica nuevas y cada vez más complejas habilidades cada día.

Las habilidades digitales, así lo ha establecido Naciones Unidas, son un aspecto esencial para promover capacidades profesionales avanzadas, vinculadas al mundo de Internet, que rompan a su vez el círculo vicioso de empleos de baja preparación y peor remuneración.

Exactamente lo contrario de lo que hoy sucede. América Latina actualmente, dice la CEPAL, “no solo se están generando menos empleos con respecto a la expansión de la oferta de trabajo, sino que su calidad se ha deteriorado”.  

La alfabetización digital supone, en ese marco, estrategias nacionales para actuar de modo sistémico en todo el modelo educativo, por un lado, y, por el otro, acciones que tiendan a que esos trabajadores que ya tienen acceso a las TIC, puedan ahora interactuar con la tecnología de una manera creativamente intensa para resolver problemas relacionados (también) con su vida productiva.

No participar plenamente en el cambio tecnológico será perjudicial para Latinoamérica y sus habitantes. De eso no hay la menor duda. Verán restada su capacidad competitiva y la región observará cómo se acentúan sus no pocos problemas estructurales. Incapaz de transitar hacia una economía más intensiva en conocimiento, tecnología e innovación.

¿Alguien sabe a dónde vamos?, se apresura a preguntar Diderot justo al comienzo de su Jacques el fatalista. Adelante, dirá todo el que gobierna. Adelante, dirá, aunque todo nos indique que sus ojos miran hacia atrás.

En trascender la mirada unipersonal, la posibilidad del trazo de futuro en el presente.

 

@atenonoriom