Innovación, la asignatura fallida

03-03-2019 05:00

Hasta hace un par de años, Brasil era el país que mayores recursos invertía en investigación y desarrollo (I+D), con el 1.2% de su Producto Interno Bruto.

México, Costa Rica y Argentina tienen una inversión en I+D semejante a Grecia y Sudáfrica, todas naciones que destinan entre el 0.5 y el 1% de su PIB.

Por debajo de este grupo se hallan los países que reportan inversiones entre el 0.2 y el 0.5%, ahí, con cifras de 2016, se encontraban: Cuba, Chile, Ecuador, Uruguay y Colombia.

Y con menos del 0.2% de inversión en I+D, se encuentran, en la región latinoamericana, Panamá, Bolivia, Paraguay, Guatemala y El Salvador.

Sobresale, negativamente, claro, que ninguna nación latinoamericana haya sido capaz, hasta ahora, de destinar siquiera el 2% de su PIB a investigación y desarrollo.

La región enfrenta, así, la condición estructural que reproduce la pobreza como destino de millones de sus habitantes, con los peores lastres imaginables.

Severos vaivenes en la conducción política, debilidad institucional y añejas prácticas a nivel de la cultura social hacen aún más empinada la cuesta para incentivar la innovación como herramienta efectiva para revertir marginación y pobreza ancestrales.

Innovar es mejorar. No es ocurrencia. Mucho menos accidente. La innovación es, pues, antes que anuncio o voluntad manifiesta, un resultado. Punto de llegada. Y de ahí en adelante. Comienzo también. En tanto abrirá un camino distinto.

Innovar es transformar. Que no es lo mismo que solo cambiar. Se requiere la decisión para transformar, por supuesto. Pero no basta.

Si el cambio no deviene en que un servicio, un bien, un proceso, un método acabe siendo mejor para quien se beneficia de él, por mucha vocación transformativa que se tenga, se habrá reacomodado, sí, para que se mantengan igual, también.

Transformar para mejorar. Tal debería ser la fórmula por default. A menos, claro, que se crea, asuma o, aun pero, se lleve adelante la demolición como primer eslabón de lo que está por venir.

Destruir no es transformar. Acaso, es ejercicio pulsional que colocará en menos cero el punto de arranque de lo que, después, vendrá a ser el verdadero trabajo de transformación.

Ya sea incremental, disruptiva o lateral, enseñan Hacklin, Raurich y Marxt, la invocación conserva en la mejora su punto nodal de un paradigma que tiene en el centro dos elementos clave: 1. Se trata de un proceso, que lo es de mejora, no de un desmontaje; y, 2. Se trata de un proceso de mejora en el que el engranaje entre ciencia y tecnología es imprescindible.

Los resultados que presenta América Latina en esta asignatura no son nada halagüeños. Sus indicadores en materia de políticas para la innovación continúan siendo marginales.

Alcanzar un modelo de desarrollo que deje atrás centurias de pobreza y marginación, requiere recursos públicos y privados, por supuesto.

 

Si el cambio no deviene en que un servicio, un bien, un proceso, un método acabe siendo mejor para quien se beneficia de él, por mucha vocación transformativa que se tenga, se habrá reacomodado, sí, para que se mantengan igual, también.

 

No hay duda alguna, y así lo ha dejado claro la CEPAL en relación con el grado de cumplimiento que pudieran tener los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que la innovación (vinculada a la ciencia y la tecnología), suponen una oportunidad de potencia insospechada para impulsar el progreso material y humano de la región.

Sin embargo, al mirar la dinámica de esta inversión en los años recientes, América Latina presenta un preocupante estancamiento, e incluso retroceso en materia de inversión en investigación y desarrollo (I+D), en especial si se le compara con otros países emergentes del mundo.

El país con el mayor gasto en I+D a nivel mundial continúa siendo los Estados Unidos, mientras que el Japón, Alemania y la República de Corea fueron superados por China, cuya participación creció del 1,6% en 2000 a más del 18% en 2015.

Al tiempo que las tecnologías digitales, las ciencias de la vida (inclúyase ahí a la farmacéutica, biotecnología e instrumentos médicos), la química y los nuevos materiales, la tecnología aeroespacial y la defensa, los automóviles y el sistema de transporte y el sistema energético, son los sectores donde se concentra más del 50% del total invertido en investigación y desarrollo a nivel mundial.

De estos seis sectores es, por supuesto, el de las tecnologías asociadas a Internet y desarrollo de software donde el crecimiento de la inversión anual es mayor, llegando a alcanzar el 27% de incremento interanual.

 

El país con el mayor gasto en I+D a nivel mundial continúa siendo los Estados Unidos, mientras que el Japón, Alemania y la República de Corea fueron superados por China, cuya participación creció del 1,6% en 2000 a más del 18% en 2015.

 

De modo simultáneo, y como si de pronto se tratará de otro planeta, América Latina, continúa enfrascada en visiones que no atienden ni las dinámicas ni el rumbo que el mundo emprende.

La CEPAL es clara al respecto, “los incentivos al emprendimiento tecnológico y el desarrollo de nuevos modelos comerciales estimulan el ecosistema digital. Internet disminuye las barreras a la innovación”.

Sin embargo, advierte el organismo, “todavía existen barreras que afectan la capacidad innovadora de la región, relacionadas con la creación de condiciones sistémicas (cambios legislativos e institucionales) que favorezcan el desarrollo de emprendimientos, la formulación de políticas que estimulen el acceso a los factores de producción (recursos humanos, capital inicial, entre otros) y la creación de entornos colaborativos y la vinculación activa de empresas, universidades y el sector público”.

Expandir las fronteras, renunciar a contraerse sobre sí mismas, es la apuesta que las naciones que mejor han entendido la circunstancia mundial presente ponen sobre la mesa.

América Latina en su conjunto, y cada nación desde sus condiciones, tendrán, sí o sí, que emprender un gigantesco esfuerzo tecnológico e innovador. Continuado y sostenible, coherente y sostenido.

Hacer que las cosas sean distintas; transformarlas. Innovar. Hacerlas mejores para una mejor vida.

Las palabras no son suficientes. Hay que trabajar, trabajar y trabajar. Hacer, innovar, y, sobre todo, ofrecer resultados.

Lo demás, es retórica.

 

@atenoriom