América Latina, ¿y por qué el desarrollo no puede ser, además, sostenible?

17-03-2019 01:03

Suponer que la preocupación por el cambio climático no corresponde a países con severos indicadores de rezago social, es equivocarse rotundamente. Si en algún lugar se pagan alto los costos sociales de este fenómeno a nivel planetario es en las naciones donde más pobres hay.

Bastaría ver el modo en que se ha manifestado un notable aumento en el número de desastres naturales en Latinoamérica durante los años y su impacto es solo una muestra de la alta vulnerabilidad que los países marcados por la desigualdad económica presentan frente a los fenómenos de época.

A lo largo del último medio siglo, América Latina y el Caribe han visto casi cuadruplicarse el número de desastres naturales.  Visto a nivel específico, las cifras pueden ser aún más alarmantes. Así por ejemplo, las tres décadas finales del siglo pasado trajeron para Centroamérica un incremento del 500% en el número de tormentas severas.

Latinoamérica y el Caribe es la segunda región en el mundo más golpeada por los desastres naturales. De los 380 fenómenos que se presentaron en el mundo entre 2010 y 2015, poco más de la cuarta parte, 25.5%, sucedieron en Latinoamérica y los países caribeños.

Todo indica que en los próximos años la transformación del clima y sus resultados dañinos se incrementarán. Y con ello, también las consecuencias económicas, sociales y ambientales.

Se trata de una circunstancia con causas globales y heterogéneas, pero a la vez, claramente asociadas a un estilo de desarrollo.

Queda claro que la apuesta que por décadas se planteó por un desarrollo basado en la extracción de materias primas, el uso extenuante de las tierras, uso limitado de tecnologías, el detrimento de la biodiversidad en favor del “progreso”, no solo no ha hecho menos pobres a los pobres, sino que, de modo trágico, es en ellos en quien recaen los mayores costos, humanos y sociales, de los desastres naturales.

América Latina enfrenta, pues, el desafío urgente de modificar el estilo de desarrollo que acompañó su paso por el siglo XX. Requiere embarcarse genuinamente en el diseño e implementación de políticas públicas para este tiempo.

Si el siglo anterior y su obsesión extractivista pasó por alto lo social y ambiental en su idea de desarrollo, es la hora de colocar estos elementos en el centro, sin perder de vista el contexto de la economía global en la que se interactúa.

Es cierto que América Latina contribuye con apenas la décima parte de las emisiones de dióxido de carbono, el principal causante del calentamiento planetario. Pero también lo es que estas emisiones están asociadas a formas atrasadas de comprender la extracción de materias primas, con el arrasamiento de terrenos, la insistencia en el uso de gasolinas en el transporte y la resistencia a la generación de energías limpias. Es decir, al atraso.

 

Si el siglo anterior y su obsesión extractivista pasó por alto lo social y ambiental en su idea de desarrollo, es la hora de colocar estos elementos en el centro, sin perder de vista el contexto de la economía global en la que se interactúa

 

Las cifras no dejan lugar a dudas respecto a qué es aquello que debe modificarse. El 76% de los gases de efecto invernadero provienen del uso de combustibles fósiles, principalmente gasolinas y otros asociados al petróleo. A la par de la obsesión petrolera está la deforestación y la degradación de la biomasa.

Con relación al resto del mundo, mientras en éste la agricultura representa un 11% de las fuentes de emisiones, en América Latina este rubro se va a 23%, más del doble. Y ni qué decir de cambio de uso de suelo, donde Latinoamérica casi triplica con 19% el indicador mundial que es de 7%.

El cambio climático es resultado de un estilo de desarrollo insostenible que incluye formas de producción y consumo. Modificarlo es una tarea compleja que debe tener como resorte principal la formulación de políticas públicas apartidistas y con un compromiso de continuidad. Elementos en los que la región latinoamericana, su clase gobernante, no es especialmente un garante de fiar.

“Para lograr la transición hacia un desarrollo sostenible”, ha señalado de modo enfático la CEPAL recientemente, “América Latina y el Caribe deberá construir una matriz radicalmente mejor de servicios públicos, que responda a los actuales requerimientos de calidad, eficiencia e inclusión social de las clases sociales emergentes de la región en cuanto a servicios como transporte y movilidad, salud, educación y seguridad”.

Todo ello no será viable si los latinoamericanos no participan de lleno de los procesos que en todos los ámbitos implica la transformación digital. Es una cuestión de tecnología, sí; pero no menos, de concepciones, prácticas, discursos y nociones básicas en torno a qué entendemos por desarrollo y a qué costo.

Lograr ir de lo inevitable a lo sostenible, implicará en los próximos años, sin duda, un cambio cultural en el que las nuevas generaciones, y su relación cotidiana con lo digital, jugarán un rol fundamental.

Crecerá la demanda, es de esperar, para que en América Latina y el Caribe los gobiernos formulen estrategias de desarrollo sostenible. Procesos de adaptación eficientes al cambio climático.

El riesgo está ahí; es climático y es político. No entenderlo así, ser omiso o negarlo, es quizá, de entre todos, el mayor de los peligros.

 

@atenoriom